viernes, 24 de marzo de 2017

#VDLN - 37

"Saber que hay alguien, en alguna parte,
del cual te sientes comprendido pese a las distancias
o a los pensamientos inexpresados,
hace de esta tierra un jardín."
(Antoine de Saint-Exupéry)


miércoles, 22 de marzo de 2017

Italia, noviembre de 1942.


Mio caro:
            Inicio a escribir estas líneas sin siquiera saber si lograremos vernos una vez más. De no ser así, y si existe aún un Dios, ruego que ellas te lleguen de algún modo.

Ya son dos meses que te has marchado, y tu ausencia provoca en mí un vacío y un sentimiento de desolación, que ni siquiera este crudo invierno podría igualar. Todo está cubierto de nieve, nuestro pueblo, nuestros senderos, cada uno de nuestros rincones. Tan blancos, tan puros y etéreos. Y sin embargo, falta esa magia en ellos, esa magia que vivía junto a ti y que se ha marchado contigo. Pero mis palabras no desean ser un reproche; porque tus ideales, tu sentido del deber, tu responsabilidad, son parte de las cosas que me han enamorado de ti. De ese hombre maravilloso que me conquistó simplemente rozando mi mano... y luego el alma y el cuerpo entero.

Sé que esté no es el mejor de los modos, y seguramente no es como lo hubiese imaginado; pero tal vez no tenga otra oportunidad. Hace apenas unos días supe de esperar un niño. Y sé también que no es el mejor momento, que todo está en nuestra contra. Pero ya no me importa nada... ni las disputas entre tu familia y la mía, ni los quince años de diferencia, ni si yo podría ser una niña como dice mi madre. Yo me convertì en mujer entre tus brazos aquella tarde, y ahora tomo la decisión como tal de marcharme también. Me iré a Suiza, buscaré trabajo y tendré allí a nuestro hijo. Espero que la vida nos reencuentre, pero si no es así, este niño será tu regalo más grande... y habrá valido la pena. 

Te amo, por siempre tuya, A.



(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 39: Desarrolla un relato en forma de carta.)

sábado, 18 de marzo de 2017

"Si yo pudiese ofrecerte un consejo para guardar en tu corazón,
sería el de apreciar cada segundo que tengas con aquello que amas;
sean lugares, objetos o personas.
Porque hay una última vez para todo
y no siempre se llega a saber que es la última vez que podrás hacerlo.
Habrá una última vez que veas un amanecer,
una última vez que pruebes el helado
y una última vez que huelas una rosa.
Habrá una última vez que entres en cada habitación,
una última vez que sostengas a tu mascota
y una última vez que escuches la voz de un ser querido.
A veces sabemos que estamos en esos momentos
y podemos saborear cada segundo de ellos,
pero con tanta frecuencia no lo sabemos hasta que ese momento se ha ido
y es demasiado tarde para volver y revivirlo.
Así que aferrate a esos momentos mientras los tienes... vive dentro de ellos.
Apreciarlos al máximo cada vez,
hará que nunca te arrepientas de haberlos tomado por hecho el día que se hayan ido."
(Ranata Suzuki)


Yo supe que era la última vez, muy dentro mío lo sabía... y tal vez por eso estoy serena, porque sé que nos hemos disfrutado, que hemos reído hasta lo último, y nos hemos dicho cuánto nos queríamos.
Esto no es una despedida, es sólo un hasta pronto, porque vos sabés que soy de las que cree que nadie muere mientras viva dentro el corazón, el alma, de quienes has amado y te han amado... y vos, vos vivirás por siempre dentro mío.

11/Febrero/1921 - Abue - 18/Marzo/2017

viernes, 17 de marzo de 2017

#VDLN - 36

"Los momentos únicos, los encuentros con personas especiales,
todo aquello que nos cambiará la vida para siempre,
sucede siempre por casualidad, cuando menos te lo esperas,
y tal vez también cuando es poco oportuno.
Cuántas ocasiones perdidas,
personas que nos dejamos a la espalda,
porque pensamos 'no es el momento justo' o 'no estoy preparado'.
El momento justo no existe, como no existen las personas perfectas.
A veces sólo debemos dejar que la vida transcurra, que las cosas sucedan.
Entonces es magia. Imperfecta pero espléndida."
(Anónimo)




viernes, 10 de marzo de 2017

#VDLN - 35

Llegó...


...y porque todos los días deberían ser 8/marzo.



"Aquello que las mujeres no dicen"

Nos hacen compañía
ciertas cartas de amor
palabras que permanecen con nosotras
y no nos marchamos
sino que escondemos el dolor
que resbala
lo sentiremos luego...
Tenemos demasiada fantasia
y si decimos una mentira
es una verdad ausente
que antes o después sucederá...
Cambia el viento pero no nosotras
y si nos transformamos un poco
es por el deseo de gustar a quien ya está
o podrá llegar a estar con nosotras...

Somos así... es difícil explicar
ciertas jornadas amargas, déjalas estar,
tanto nos podrás encontrar aquí
con nuestras noches en blanco
pero no estaremos cansadas
ni siquiera cuando te diremos aún otro "sí".

Rápidamente escapan
de las jornadas sin fin
silencios...qué familiar!
y dejan un rastro
las frases de niñas que retornan
pero quién las escuchará...
Y desde los automóviles
los cumplidos de los playboys
pero no los escuchamos más
si hay quien ya no nos lo hacen...
Cambia el viento pero nosotras no
y si nos confundimos un poco
es por el deseo de entender
quien ya no es capaz de hablar aún con nosotras...

Somos así... dulcemente complicadas
siempre más emocionadas, delicadas
pero podrás encontrarnos aún aquí
en las noches tempestuosas,
tráenos rosas, nuevas cosas
y te diremos aún otro "sí".

miércoles, 8 de marzo de 2017

Hoy te contaré la historia de Clara.

Clara nació con el siglo, pero no con éste, sino con el pasado. Sus padres, ya bastante mayores, casi habían perdido la esperanza de tener hijos. Vivían en un pueblo perdido a las afuera de una gran ciudad. Tenían una granja con algunos animales y una cuantas hectáreas de tierra destinadas al cultivo. No era una vida fácil, se podría decir que pasó una infancia con bastantes privaciones, aunque si lo que nunca le faltó fue el amor y la atención de sus padres. Tal vez fue por eso que ella sonreía siempre, todos los que la conocían no podían hacer de menos de quererla.

Cuando llegó el momento de comenzar el liceo, Clara decidió que estudiaría en la ciudad. De ese modo podría también seguir el curso para convertirse en enfermera. Así fue que por esos años ella se levantaba antes del alba, viajaba a la ciudad muy temprano, estudiaba toda la mañana, y por la tarde iba al Hospital Central, donde cumpliría el sueño de ser enfermera. Fue allí, en el hospital, que conoció a Pedro, un muchacho muy guapo que estaba en el último año de la carrera de medicina. Fue amor a primera vista.

Lamentablemente parece ser que la vida tenía otros planes. Pocos meses antes que Clara terminase los estudios, perdió a su mamá y su padre cayó muy enfermo. En ese momento ella tomó la desición más dura de toda su vida. Hizo los exámenes pertinentes para diplomarse antes de tiempo, se despidió de Pedro y volvió al pueblo para cuidar de su padre y ocuparse de la granja. A pesar de todo, nadie nunca oyó una queja o un reproche salir de su boca.

Un año más tarde también el papá se marchó; y todos pensaron que Clara vendería todo y se iría a la ciudad, tal vez a buscar ese gran amor. Sin embargo, ella decidió permanecer entre la gente que la había visto nacer, crecer. Por aquellos años el pueblo no contaba con un médico, ni siquiera con un hospital, había que andar muchos kilómetros para llegar a uno. Entonces Clara pensó que la casa era demasiado grande para ella sola, y destinó gran parte de ésta como “salita de primeros auxilios”. En los años que siguieron, si un niño estaba por nacer, allí estaba ella; nadie más quedaría sin vacunas pues se encargaba de registrar el nombre de todos y anotar las fechas en las que debían aplicárselas. Con el tiempo logró que un médico fuera tres veces por semana para visitar a todo el que lo necesitara. Y si había que cuidar un enfermo, así fuera por noches y noches, allí estaba ella sosteniendo esa mano.

El pueblo creció, y finalmente se construyó un pequeño hospital, donde había un médico de forma permanente; aunque la gente continuaba a recurrir a Clara... Era ella la que siempre sabía la cosa justa de hacer.

Una mañana no despertó, se fue de forma serena como había vivido, y si bien se podría pensar que estaba sola en el mundo, nunca se vió tanta gente llorar por la pérdida de alguien. Es por eso, que a pesar que han pasado muchísimos años de todo esto, si aún pasas por ese pueblo, y te acercas a su cementerio, encontrarás una tumba siempre muy bien cuidada, siempre con flores frescas, y grabado en el mármol:

“Aquí descansa en paz Clara,
una heroína anónima
que con su vida
honró a cada una de las de este pueblo.”


(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 27: Inventa un relato con una mujer como heroína
y su camino hasta llegar a serlo.)


domingo, 5 de marzo de 2017

Mi nombre es F¥. Nací en la mitad perennemente iluminada del planeta Æq2, ubicado en la séptima galaxia. Un planeta fijo delante de la estrella Œl, la más grande y brillante; por eso en una mitad era siempre día y en la otra, noche.
Desde niña supe de ser especial, aún entre los míos. Mi energía era inagotable, podía permanecer días y días despierta, estudiando, trabajando, lo que sea, y no me cansaba. Si me encontraba delante alguien triste o desanimado, me bastaba mirarlo a los ojos y sonreírle para que éste sea invadido por una luz y calor enorme. Mi sangre corría más veloz de lo normal, parecía estar formada por la misma materia de la estrella que nos iluminaba.
Sin embargo, había algo que me paralizaba: la oscuridad. Tal vez fuera por mi naturaleza, o por las enseñanzas de Mæ, pero la verdad es que en ella me sentía totalmente vulnerable. Por ello no supe reaccionar al conocerlo. Él, tan diferente a mí, y a pesar de ello, me sentía tan atraída.

§tøn... no sé qué hacer... –pregunté sin hacerlo directamente. Él era el más viejo y sabio de los de mi raza, pero sobre todo, era mi amigo.
¿Con respecto a qué mi niña? –preguntó él con esa manía de querer oír lo evidente.
Tú sabes... He conocido a alguien, pero pertenece a las Tierras de la Eterna Noche... –le contaba y mi tono encerraba preguntas que quedaban flotando en el aire.
¿Y qué es lo que tanto temes? –preguntaba otra vez, deteniéndose en sus quehaceres para mirarme a los ojos. ¿Acaso te ha hecho algún daño?
No, no, para nada... –me apresuré a decirle. Pero sabes que temo más que nada a la oscuridad, y aparte, Mæ siempre ha dicho que en esas Tierras nada bueno podía haber.

§tøn alzó los ojos al cielo y se dirigió hacia la cocina a preparar un poco de tè. Él estimaba a Mæ, pero no soportaba su extremo celo hacia mí. Volvió al rato, con dos tazas enormes, humeantes, y se sentó una vez más delante mío, tomándome de las manos.

F¥, mi querida niña... la que con una sonrisa cambia el sentir del otro; quien con sus manos inunda de vida a quien siente que ya no tiene fuerzas... ¿qué es lo que siente tu corazón cuando estás con él? –preguntó, pero §tøn ya sabía la respuesta a esto, sólo quería yo lo dijiera.
Siento que mi corazón podría estallar... siento que mi alma se expande... –decía, y sólo pensar en él hacia que cada poro de mi piel proyectara un rayo de luz. Con él siento que que puedo ser plenamente yo...

Salí de allí sabiendo exactamente qué debía hacer, qué deseaba hacer. Me encontraría con Akµ y le explicaría todo. De mi miedo y de lo que sentía por él.
Me escuchó atentamente, en silencio, sus niveas manos enlazadas a las mías tan morenas. Sus ojos de hielo clavados en el ébano de los míos. Luego que terminé de contarle las razones de mi compartamiento, esperó un rato observando mi rostro.

¿Confías en mí, F¥? –dijo finalmente.
Obvio que sí, Akµ... sino, no estaría aquí. –respondí un poco perpleja.
Cierra los ojos... –decía y no lograba entender qué quería. Ciérralos...

Tomó un pañuelo de entre sus prendas y vendó mis ojos. De repente me encontré en la más absoluta oscuridad. Y comencé a comprender a dónde quería llegar Akµ.

¿Logras ver algo de luz, F¥? –preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
No... todo es oscuro... –dije, tomando su mano. Pero tú estás conmigo.
Concéntrate... no debes ver con tus ojos... siente la luz... –susurraba a mi oído, sin siquiera tocarme.

Poco a poco comencé a ver, a sentir aquello que Akµ me decía. El negro dejaba paso al blanco. Y extrañamente, inicié a sentirme serena.

Puedo verla, Akµ... ¡la veo! –le grité saltando de alegría.
Eso es, F¥... la luz ha estado siempre dentro tuyo... –me decía mientras quitaba la venda de mis ojos. No debes temerle a la oscuridad. Luz y oscuridad no son contrarias, se complementan, no habría la una sin la otra... Como el día y la noche... Como tú y yo, pequeña.


(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 3: Imagina que eres un superhéroe con una gran fobia a la oscuridad,
escribe un relato de superación.)